El video invita al planteamiento y a la
profundización de preguntas fundamentales ya que estas remiten a las cuestiones
esenciales de la realidad humana, y por tanto su importancia no puede ser
menospreciada, en la primera mitad del siglo pasado ya el filósofo Alemán
Martin Heidegger se preguntaba por qué hay algo y no más bien nada, se
preguntaba por el “ser” metafísico, por la totalidad y, es por este mismo
proceso que experimenta la angustia de su propia finitud dentro de una
infinidad de posibilidades. Según Kierkegaard el hombre se angustia ante la nada que se le muestra
pero también ante la posibilidad de la libertad; ante la angustiosa posibilidad
de “poder”. En el espíritu del hombre se da, así, una ambigüedad de la que no
se puede librar: no puede huir de la angustia que ama ni amar la angustia de la
que huye. La angustia es ambigua justamente porque no es acerca de algo en
concreto, sino que el hombre se
angustia de nada[1]. Por otro lado, Heidegger explica que la
angustia es un estado de caída del Dasein[2]
(ser-ahora), un estado de cerrado que no es algo negativo, sino todo lo
contrario: es su modo inmediato de ser, en el que él se mueve ordinariamente,
es un momento necesario en el que la angustia le hará patente su estar vuelto
hacia el más propio poder ser, le revela su libertad para escogerse y tomarse a
sí mismo entre manos. La angustia originaria reprimida en el Dasein está
adormecida en la cotidianidad y puede despertar en cualquier momento, sin
necesidad de un acontecimiento extraordinario o de algún artilugio humano que
le traslade a ella. El Dasein no se puede angustiar por decisión o voluntad
propias. Lo único que se puede afirmar con seguridad es que primero es
necesario que el Dasein se pierda en lo “ente” en su totalidad para luego poder
abandonarse a la “nada” y liberarse de su cotidiana y habitual evasión. Así es
como emergerá de lo oculto la pregunta por el sentido del ser[3].
El hombre al saberse finito, destructivo, mortal, se pregunta por la infinitud
y su participación en ella, es entonces cuando piensa, cuando duda de que puede
haber algo más, se permite a sí mismo interactuar dentro de su categoría
de libertad intelectual, y se apertura a la posibilidad de reconocer la
existencia de otras posibilidades que no son necesariamente las que se ven como
generales a través de sus propios ojos. Es decir, al preguntar también se
pregunta, se da el pensamiento autónomo. Como bien dice Feinmann al llegar al
pensamiento autónomo el hombre entiende que a partir de ese momento está solo. El
hombre se da cuenta que el mundo como él lo conoce existe para sí mismo y
empieza a dejar de ser pensado por el sistema en el que vive.
Parte de este modo de entender el pensamiento autónomo es
reconocer la importancia de principios
puros ya que, en estos tiempos en los que el hombre está más integrado que
nunca y al mismo tiempo se encuentra mayormente diluido en la colectividad,
necesita cuestionarse para poder “ser pensado” por él mismo, y que, es de esta
forma que interpreta el mundo, en donde encuentra su pertenencia, “donde es”.
El ser conscientes de sí mismo y de su entorno es una
capacidad propia del ser humano[i] ya
que no solo sabe sino que “se da cuenta” y por si fuera poco, el ser humano es
capaz de autoconocerse a través de ese “darse cuenta” y de esta forma
constituir cultura y civilización y por tanto, cuestionar su propia existencia
y la de las estructuras construidas. Por tanto, el hecho de poner sobre el
tapete el problema del sentido de la vida no debe interpretarse nunca, en modo
alguno, como síntoma o expresión de algo enfermizo, patológico o anormal en el
hombre; lejos de ello es la verdadera expresión del ser humano de por sí, de lo
que hay de más humano en el hombre[ii].
Husserl añade que la conciencia deja de ser esa especie
de receptáculo que espera ser afectada por los objetos. Esto quiere decir, que
la conciencia cobra un dinamismo que la lleva a constituir el mismo mundo[iii].
Con el planeamiento de la intencionalidad, Husserl incluye el mundo en la
conciencia (inclusión que no es real sino intencional); esto significa que no
existe una realidad del mundo y otra de la conciencia o sujeto que conoce, sino
que existe una correlación entre mundo y conciencia de mundo, pues el objeto
como fenómeno aparece como referencia directa a la conciencia y ésta a su vez
en la vivencia del fenómeno mundo, lo hace consciente.
Esta idea de pensamiento autónomo esboza un contenido
paradójico que implica el “saber”. El hombre sabe que conoce pero no conoce lo
que sabe. Es decir, el hombre es capaz de verse a sí mismo como finito,
entiende ese concepto, sabe que va a morir pero no conoce el cómo. Puede
conocer formas de morir pero no sabe cuál le corresponderá vivir. En la
actualidad las redes sociales parecieran ser fundamentales en las relaciones
directas de las personas, y al mismo tiempo son la disolución progresiva de las
formas orgánicas de la convivencia humana.
Con todo esto podría establecerse en conexión directa con
el existencialismo ya que como ha dicho
Jean P. Sartre: El hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe,
sino tal como él se quiere, y como se concibe después de la existencia, como se
quiere después de este impulso hacia la existencia; el hombre no es otra cosa
que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo[iv].
Es decir, el hombre se revela a sí mismo y se rebela
contra quien no forma parte de su proceso de evolución y crecimiento ya que
entiende que es un ser que debe ser vivido y no pensado, puesto que es finito y
no eterno.
Este precisamente es el problema de la filosofía, es
vista como una “teoría” a aprender, sin que el hombre se plantee a sí mismo su
participación ni su valoración desde la experiencia, es decir se convierte en
un montón de libros para leer, pero que tampoco se le facilita el método de
cómo lograrlo, esto no fuera necesario si la sociedad misma no se fundamentara
en la novedad de estar actualizado, en este punto la persona ya “cree” que sabe
pero que en realidad continúa colonizado. El problema filosófico se extiende
por tanto, al campo de “las cosas” puesto que el hombre, con su fijación puesta
en la materia, tiene como destino encontrar el aburrimiento, puesto que la
“cosa” solo produce una gratificación fugaz.
El problema de estudiar “la cosa” es que se le atribuyen conceptos que
no posee, ontológicamente hablando, las cosas materiales no pueden tener
sustancia, no tienen autodeterminación, no cambian por ellas mismas y por tanto
han sido pensadas por alguien más, podemos decir que no poseen si no que son
reproducciones de una idea. Al enfocarse en esta visión, de ser consumista pero
no valuador, el hombre ya no se pregunta en dónde está el valor de lo que le
rodea, no ve para adentro, y desarrolla en otros ámbitos esta visión
utilitarista, incluso en la autopercepción y por tanto su autovaloración. El
asunto principal en este problema es la codificación lingüística que la persona
posea puesto que esto la configura y condiciona ya que si bien puede ser
elegida por sus propias experiencias, también puede tener su origen en las
experiencias de otros. Podemos entonces decir que el problema que
enfrenta la filosofía es que muchas personas la entienden como un pensamiento
prestado y no como un conocimiento consciente que debe desarrollarse en la
calle.
[1] KIERKEGAARD, Sören. El concepto de
angustia. Buenos Aires, Ed. Espasa Calpe, 1940 Cap. I, apartado 4.
[2] HEIDEGGER, Martin. Ser y tiempo. Santiago
de Chile, Ed. Universitaria, 1998, pg 212
[3] HEIDEGGER, Martin. Ser y tiempo.
Santiago de Chile, Ed. Universitaria, 1998, pg 209.